Nº 1.648 – 31 de Enero de 2016

Publicado por CC Eben-Ezer en

Jesús de Nazaret nunca visitó un museo, ni alabó jamás la belleza colgada de las paredes.

No estamos en contra de semejantes expresiones artísticas que terminan sobre los muros, sino que simplemente reconocemos tal hecho.

Cuando los primeros discípulos del Señor le mostraron al Maestro los edificios del Templo de Jerusalem, alabando su esplendor, Jesús respondió que de todo aquello no quedaría piedra sobre piedra. Y así ocurrió.

Y es que la belleza resplandece infinitamente más en el corazón de quien aspira a ella que en los ojos de quienes la contemplan.

Jesús no reparó en la naturaleza muerta de los bodegones del alma, sino en los lirios de los campos, en las aves de los cielos, en los sembrados listos para la siega, incluso blanquecinos ya por haber pasado el tiempo más oportuno para meter la hoz en la mies.

Jesús no se encierra en la quietud inanimada de las imágenes plásticas, sino en el camino que deja atrás el pasado para llamar a levantarse y proseguir haciendo futuro de cada paso.

El único lienzo en el que Jesucristo pinta es el corazón de los hombres, sus hermanos menores.

El marco de su pintura es el mundo entero, más allá de las fronteras del tiempo y el espacio.

Sus pinceles son sus abrazos abiertos sobrela Cruzdel Gólgota.

Su pintura es su propia sangre derramada en rescate de nuestras vidas.

El misterio de la vida no es un problema que hemos de resolver, sino una realidad que nos llama a ser experimentada.

Y el corazón de cada uno de nosotros es el laboratorio en el que Dios trabaja incansablemente.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.