Nº 1.709 – 2 de Abril de 2017

Publicado por CC Eben-Ezer en

Si nos preguntaran cuál de todas las personas con quienes nuestro Señor Jesucristo tuvo un encuentro fue la más necesitada, ¿qué responderíamos? ¿El ciego Bartimeo que clamaba por recuperar su vista? ¿Alguno de los leprosos que le pidieron ser limpiados? ¿La mujer enferma desde hacía doce años de flujo constante de sangre? ¿Lázaro, que llevaba cuatro día corrompiéndose en la tumba? ¿María Magdalena, de quien nuestro Señor había echado muchos demonios fuera?

Evidentemente, éstos y todos cuantos tuvieron un encuentro con Jesús estaba necesitados de su ayuda. Pero creo que quizá el más necesitado de todos pasaría inadvertido en nuestra búsqueda, porque su caso no era dramático. No estaba enfermo. No era conocido como pecador público, no padecía de necesidades, gozaba de respeto, poseía bienes y ocupaba una buena posición social; pero, sin embargo, necesitaba encontrarse con Jesús.

Quizá lo hayáis descubierto. Sí, efectivamente, se trata, en mi criterio, de Nicodemo, un fariseo profundamente religioso, estricto en sus diezmos, en sus ofrendas, en su respeto al santo día de reposo, profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, pero hondamente necesitado de Jesús.

Nuestro Señor le mostró que hasta aquel momento sólo había nacido para vivir en este mundo, pero necesitaba nacer de nuevo para ver y poder entrar en el Reino de Dios.

Creo que Nicodemo fue el más necesitado de cuantos experimentaron un encuentro con Jesús, por cuanto todos sabían cuál era su necesidad, mientras que Nicodemo no lo sabía. Por eso precisaba mirar a Jesús para saber cuál era su necesidad fundamental: Nacer de nuevo.

El leproso sabía que necesitaba ser limpiado de su lepra. Los ciegos, recuperar la vista. Los enfermos, ser sanados. La mujer del constante flujo de sangre, que cesara su hemorragia. Pero Nicodemo, seguro en su religiosidad, no sabía que estaba perdido. Aquella noche, Nicodemo tuvo la oportunidad de dejar de mirarse a sí mismo para mirar a Jesús, y entonces se produjo el milagro, por cuanto los milagros suceden cuando miramos al Señor. Nicodemo nación de nuevo. Comprendió que Jesucristo vino a buscar lo que se había perdido. No a llamar a justos, sino a pecadores. ¿A quién estamos mirando? ¿A nosotros mismos o a Cristo Jesús?

Mucho amor.   Joaquín Yebra,  pastor.