Nº 1.912 – 21 de Febrero de 2021

“Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi nombre.  Día tras día, levanto, sin descanso, este muro a mi alrededor; y a medida que sube al cielo, se me esconde mi ser verdadero en la sombra oscura.  Este hermoso muro es mi orgullo, y lo enluzco con cal y arena, no vaya a quedar el más leve resquicio.  Y con tanto y tanto cuidado, pierdo de vista mi verdadero ser.”  (Rabindranath Tagore “Ofrenda Lírica”)

El poeta bengalí describe así el orgullo creciente del necio que construye su personaje ficticio, su irreal prototipo de hombre, su actuación frente al mundo que le separa de los demás y de su propio ser auténtico.  El personaje siempre eclipsa a la persona y nos hace vivir en el engaño de una falsa identidad creada por nosotros mismos.  Es nuestro yo frente al mundo: una mentira.  Fingir ser quien no se es, consiste siempre en un miedo terrible a la libertad del ser auténtico.  El orgullo es una especie de coraza que nos construimos para no sufrir la falta de aceptación que pensamos producirá nuestro verdadero ser en los otros.  De esta forma, le “damos forma” al hombre hecho a sí mismo.  Es decir: al hombre solitario, engreído, encerrado en su propia burbuja de autocomplacencia.  Nada puede penetrar ese muro de irrealidad virtual porque hemos llegado a creernos nuestro personaje.  Llegado este punto, no hacemos caso de nadie y sólo el Espíritu Santo, la Palabra de Dios, tiene el poder de hacer añicos nuestro poderoso orgullo.  Damos gracia al Señor porque Él ya nos mostró hace mucho tiempo que hay que despojarse del personaje y vivir en la persona real que somos.  Seamos genuinos hermanos y hermanas.  Salgamos de la película que nos hemos montado.  Quitémonos las capas de maquillaje.  Dios no trata con actores ni actrices, sino con hombres de verdad: varones y mujeres.  Nunca te avergüences de quien eres sino colabora con el Señor en mejorar tu versión.  Él nos ha prometido renovación hasta el conocimiento pleno.  Pero no puede partir de un personaje, sino de una persona.

Pastor Antonio Martín Salado