Nº 1.953 – 5 de Diciembre de 2021

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“La que cayó entre espinos son los que oyen, pero luego se van y son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto.”  (lucas 8:14)

Las preocupaciones pueden llegar a dejarnos inutilizados, presas de un sufrimiento constante como pinchos de cactus que se clavan en la piel.  Los afanes producen fatiga, cansancio, tristeza y enfado.  Así que son muy peligrosos para la vida por lo que hay que mantenerlos a raya.  El primer paso para luchar contra las preocupaciones consiste en algo aparentemente sencillo: quedarse en la iglesia; es decir: perseverar.  Los que luego se van después de haber oído la Palabra, están prácticamente a merced de las preocupaciones o afanes de este mundo.  La preocupación por acrecentar la riqueza y conservarla, además de la búsqueda constante de los placeres como meta, nos conducirá a una pérdida total de la libertad gloriosa que el Señor nos dio a sus hijos para gobernarnos a nosotros mismos. 

En segundo lugar, si no nos vamos de la iglesia, pero sentimos el ataque de las preocupaciones, tenemos que decir no a las constantes quejas o caeremos en la amargura.  Aunque haya motivos y seguramente no pocos, la queja ha de ser desechada porque no sirve para nada y nos volvería insoportables.

En tercer lugar, la oración es el arma más eficaz contra todo acoso del enemigo, sea con preocupaciones, riquezas o placeres descontrolados.  Jesús oró frente a la angustia de su destino en la cruz.  Oró y sufrió orando intensamente en Getsemaní hasta sudar gotas de sangre.  Si buscamos en oración juntos al Señor, Él nos enviará el Espíritu Santo que nos visitará con una dulzura y ternura indescriptibles.

Por todo esto, la comunión de los santos, la compañía mutua, el milagro de la iglesia sucederá porque es en el seno de la congregación, cuando le estamos adorando y sirviendo. Cobremos ánimo que el Señor viene. 

Pr. Antonio Martín Salado